"Cuando uno sangra siente un dolor horrible y entonces no actúa"
No recuerdo la última vez que sangré. Creo haber sangrado a menudo, pero sangre nunca he visto. (A veces la confundo con la saliva, que se presenta roja ante mis ojos por la sed).
Ya hace más de un año que inicié este último cuaderno. No es muy grande pero las páginas en realidad son demasiado largas y anchas y pesadas. Crecen con el paso del tiempo, como ramas esparciéndose en la selva, y yo ya no las controlo. A decir verdad, hace tiempo que me controlan ellas a mí de una manera violenta y violada. Por eso lo dejo.
Desde el principio no supe cómo entender el hecho de plasmar sentimientos íntimos o del mismo modo artificiales sobre un papel.
¿Por qué lo hago?
¿Para quién?
Y en voz susurrante se repetía la pregunta que más me irritaba:
¿Realmente lo hago para mí?
Disfruté infantilmente de tener unos lectores que iban creciendo al mismo tiempo que se ensanchaba mi "alma" (esa bola de viento que crece y decrece en el pecho).
Podía escribir todos los poemas que quisiera. Con una condición: sólo tratarían de mí.
El pacto entre papel, público, intimidad y palabras me mareó y me balanceó de un extremo a otro de la habitación. De un extremo al otro del cuerpo. Todo iba perdiendo sentido y equilibrio. Salí de lo abstracto, me adentré en la fidelidad de los sentimientos (maltratados, amenazados y bien vestidos para ser expuestos en medio de una plaza pública) Agotado, volví a un paisaje abstracto que ni a mi me gustaba ni yo entendía.
"No hace falta hacer sangrar más al corazón para bailar la vida entre sangres que sienten más que el resto" (5/VII/o6)
"Quizá esté confundido y de nada sirven las palabras. Ellas se alejan y yo no tengo... -no lo digas-, y yo no tengo tanto sudor como para perseguir" (25/IX)
"Y sin cuadernos sigue pesando la vida. Porque no saco las palabras. (Porque no hablo) Porque se quedan dentro" (19/IX)
He colocado tanto peso de mi vida sobre las palabras que este fin no es una rendición sino un cambio, un nuevo principio, una nueva manera. El momento en el que yo dijera "me rindo", sería la despedida de un yo dejando a otro el espacio libre de mi cuerpo. Y eso no lo quiero.
Adelanto las últimas páginas. Dejo unas cuantas en blanco. Cambio de cuaderno porque de lo contrario nunca encontraría la salida en la selva de estas páginas.
Ya no escribiré remarcando cada letra dos veces. El próximo cuaderno será mío. Empezaré de cero. Aprenderé de nuevo a escribir poesía. A hablar de mí sin hacerme daño. Aprenderé a entrar de lleno en este humo blanco que persigue a mi cuerpo y que a menudo me deja con la mirada distraída y la sensación de estar rodeado de agua.
No hablaré más de sangre sino de saliva roja.
De cada página he aprendido una lección.
Me voy. Vuelvo.
FIN